Historia de la talavera

Fotografía · Elizabeth Castro

El emperador Carlos V confirmó la petición de los frailes franciscanos para que Puebla quedara bajo la protección de todos los ángeles. Estos alados seres celestiales, obedientes a tales mandatos y ruegos, se instalaron cómodamente en cuanto resquicio encontraron disponible. Quizá la materia más cercana a su inconsútil naturaleza fue la mayólica, que los presenta bellos, llenos de lisura, brillantez y policromía, tal y como lucen en muchas partes, especialmente en el cimborrio de la Capilla del Rosario, nuestra “octava maravilla” de ahí que el título de la ciudad se torne correcto sólo con un añadido representativo: “Puebla de los Ángeles de Talavera”.

Ciertamente esa exquisita cerámica fina no es poblana, ni siquiera talaverana de origen. Fue en la Ur de Caldea, en Babilonia, y la célebre Persépolis, donde primero se elaboró, decorándose palacios y templos con esas piezas de barro vidriado y policromado.

Muchos siglos después fueron los musulmanes quienes distribuyeron las técnicas por todas partes –el predominio árabe es casi todo el Mediterráneo las extendió a sultanatos y califatos, sobre todo en la hermosísima Andalucía. El noble arte de transformar barros, arcillas, caolines y gretas en 

las más increíbles piezas de arte tuvo su apogeo en el área de Toledo, pero más correctamente en el pueblo llamado Talavera, que más tarde, por la protección real de doña Isabel la católica, se le diría: “de la Reina”.

Orgullo de la España reunificada y ganada para los cristianos fue Talavera de la Reina. Los talleres de cerámica conservaron su nombre árabe de alfares: [al] que se refiere a [Alá] y [fare] que significa [el quehacer], es decir [el quehacer de Alá], maravillosa y divina actividad la del Ser Supremo, dando formas y acabados a una cerámica que sigue las recetas antiquísimas de los persas y sumerios.

Al curiosear sobre la etimología de la palabra Talavera, nos hemos llevado una agradable sorpresa; cuando la creíamos mora, nos ha resultado una mezcla de visigótico y latín: [tala] es la raíz de talla, corte, manualidad, etc., y [vera] quiere decir verdadera. Esto es: [donde se hacen verdaderas manualidades].

En España se conoce a este tipo de cerámica como [mayólica], porque dicen que primero se empezó a fabricar en Mallorca, isla de las Baleares.

Poco después de que los castellanos tomaron posesión de México, por intervención utópica de los franciscanos, se fundó la Puebla de los Ángeles, experimento interesante para que solamente españoles vivieran dentro de su emparrillada traza. 

La ciudad recibió múltiples estímulos reales y el resultado fue la instalación de numerosas industrias. Entre ellas no podía faltar la de los alfares, el antiguo [quehacer de Alá], encaminado cristianamente a la mayor gloria de Dios.

Puebla, desde los mil quinientos cuarenta 

y tantos, tuvo sus alfares, que aprovechaban la magnífica arcilla del cerro de Loreto y los barros de Teotimehuacan para crear y recrear las inigualables piezas de talavera, como siempre se le dijo, ya que desde sus inicios se trató de “contrahacer” a la toledana, claro que, para diferencia de la ibérica, se le añadió el sabor propio de esta tierra, mejorando, con perdón de los toledanos, sus orígenes inmediatos. Si bien el siglo XVI fue de cantera bellamente labrada, el XVII echó mano de la Talavera, a tal grado que pronto las innumerables cúpulas, empezando por la de la Catedral, resplandecían con sus cubiertas de azulejos. Luego lambrines y pisos se combinaron adecuadamente con los ladrillos y canteras para dar lugar al barrocopoblano, complementado con el

“postre visual” de las yeserías.

Como ejemplos extraordinarios están los lambrines de Santo Doningo, de Belén y del Carmen; todas las cúpulas decoradas en colores acordes con la indumentaria del santo o santa patronales, y fachadas como las de la Casa de Raboso o los Muñecos, representando ciertos mitos del sureste asiático, pues la Puebla recibió y a su vez exportó el impulso, las novedades y las influencias de China, de Indochina, de Conchinchina y de las Filipinas.

Los museos y colecciones afamadas presumen de la belleza de tibores, albarelos, lebrillos, botámenes, floreros, bacines, bacias, esculturas, pilas y mil monerías más, las que acertadamente se acreditan como de “talavera poblana”.

La etapa colonial dio paso a la republicana y lentamente a la modernidad, y mucha de la grandeza de antaño se perdió por la ignorancia y la especulación.

Afortunadamente, la técnica, los secretos y la maravilla de la “talavera poblana” fueron pasando por generaciones de alfareros, [quehacereros de Alá], que conservaron intacta la tradición, con el aporte lógico, natural y necesario de cada época.

Cabe señalar que durante un prolongado, larguísimo tiempo, la imaginación pareció ausentarse de los alferes, prácticamente desde la etapa en que los pintores costumbristas, como Arrieta, recrearon en sus bodegones las bellas piezas de talavera. Inexplicablemente se dio una época de lisa y llana imitación de las antiguas formas y decorados, apenas si enriquecidos con la creación de paisajes mexicanistas y costumbristas, inspirados por los artistas de los años veinte y treinta del siglo XX. Después, nada, absolutamente ninguna innovación o aporte significativo, como si esta centuria quisiera pasar inadvertida.

Sólo una cosa es necesaria en los oficios, ésa que no le pueden quitar sus herramientas.

Eligio Calderón

Jesús Moctezuma Buda Urbano · 2002 Función Jarrón Taller Talalvera Santa Fe

Quien no hace de su oficio un juego, en sus obras lo hace envejecer.

Eligio Calderón

Betty Woodman

George Woodman

No requiere el vino viejo sino de odres y palabras más viejos que él.

Eligio Calderón